María Paula Enríquez Martínez
“Del
hombre prehistórico que toma posesión del mundo que le rodea (…),
y es capaz de contemplar su propia existencia cuando golpea ese muro
con su mano y decide dejarla impresa como una imagen especular de la
suya propia, (…), de esa realidad que forma parte inseparable de él
mismo.”
-Oteiza
Y entonces se da un juego en
el que el hombre quiere hacer parte de un lugar, quiere sentirse
identificado con algo. Empieza un camino por recorrer donde se da
cuenta de la necesidad de sentirse dueño de algo, de un territorio,
de una memoria; y necesita transmitirlo a los suyos, para
inmortalizar su existencia.
Lo anterior puede estar
relacionado a nuestra necesidad plástica de dejar huella, de
intervenir solo materiales diferentes y uno que tiene una conexión
importante es la piedra; cuando me enteré que trabajaríamos la
piedra la emoción fue instantánea, desde la infancia me he visto
atraída por ellas, sus formas, texturas, colores e incluso lugares
donde se sitúan hacen de cada piedra una historia diferente, me
remite a la infancia que aunque precaria, fue muy feliz, cuando
íbamos de paseos familiares, de esos en lo que se lleva la olla a
las orillas de un río para cocinar y disfrutar en familia, mi
interés por las piedras era inherente a mi, cuando terminaba el
paseo, tenía recolectadas las mejores piedras, eso sí, que entraran
en mi bolsillo porque a mí mamá no le agradaba la idea de llevar
“basura” a casa.